Autoestima

CUANDO EL “DEBO” Y EL “TENGO QUE” DOMINAN MI VIDA: LAS IDEAS IRRACIONALES

By 7 noviembre, 2019 No Comments

CUANDO EL “DEBO” Y EL “TENGO QUE” DOMINAN MI VIDA: LAS IDEAS IRRACIONALES

Día a día nos enfrentamos a diferentes obligaciones y responsabilidades a hacer, decir y/o pensar: “debería ser mejor persona”, “tendría que comer menos y adelgazar unos kilos”, “tendría que ser más positivo/a y dar las gracias”, “debería ir más al gimnasio”, “tendría que ser mejor en el trabajo”, “debería decir más veces que no”, “tendría que quejarme menos”, “debería llamar más a mi madre”, “tendría que ser más cariñoso/a con mi pareja”,… Pero estos “debería” o “tendría que” que parecen ser cotidianos, pueden tomar peso y fuerza hasta convertirlos en leyes inquebrantables en nuestras vidas, que nos dicen cómo pensar, qué hacer o cómo llegar a ser felices: “debería tener el cuerpo perfecto para ligar más”, “debería ser el/la mejor de mi clase”, “tendría que ser el/la mejor en lo mío”, “debería desvivirme por y para los demás”,…, es decir, pueden llegar a convertirse en ideas irracionales.

 

¿Qué son las ideas irracionales?

 

Ya son algunos años de experiencia en consulta aquí en Valencia (España) y muchas personas han venido encontrándose mal, tristes, sin motivaciones, creyendo que su vida está estancada y que no pueden más. ¿Qué tenían en común todas esas personas? Pues la mayoría de ellos presentaban esta forma rígida y estricta de pensar con el “debo” y el “tengo que”.

 

Albert Ellis, psicólogo cognitivo y uno de los psicólogos mejor considerados en la historia de la psicología (en el segundo puesto, sin ir más lejos, incluso por delante del famoso Sigmund Freud), decía que las ideas irracionales eran aquellas ideas o creencias que perturban al sujeto y que no le dejan vivir de manera satisfactoria, es decir, afirmaciones erróneas que podían condicionar a las personas de tal forma que no las hacían realmente felices.

Puedes reconocer una idea irracional simplemente observando si contienen (aparte de los verbos “deber” y el “tener que”) palabras como “siempre”, “nunca”, “todos”, “nadie”,…; todas ellas tendiendo a extremismos, sin punto medio, haciéndonos caer en el catastrofismo y desesperación, obligándonos a cumplir dichas “leyes” para intentar alcanzar nuestros propósitos.

 

¿Cómo se han formado esas ideas irracionales?

 

Los pensamientos son capaces de condicionar nuestras emociones y nuestros actos, por ello es realmente importante ser conscientes de qué forma pensamos y  nos hablamos.

Si nuestros pensamientos son negativos y dañinos para nosotros, nuestras emociones y actos irán en la misma línea.

Pero, ¿cómo han llegado esas ideas irracionales que no nos dejan sentir emociones agradables ni a actuar de forma beneficiosa?

Tenemos que tener en cuenta que los pensamientos de “debería” o “tendría que” no son implícitos en nuestra vida, sino que los vamos adquiriendo e integrando.

Normalmente, estos pensamientos llegan a nosotros desde pequeñitos bien por lo que se nos dice o por lo que observamos a nuestro alrededor. Por supuesto, más fuertes serás aquellos que hayan sido transmitidos por figuras de aprendizaje o autoridad (padres, profesores, hermanos mayores, otros familiares próximos,…). Aunque con el tiempo también pueden crearse en base a interacciones sociales  con, como por ejemplo, los amigos (sobre todo en el periodo de la adolescencia) o por medio de medios de comunicación.

Una vez tengamos este pensamiento en nuestra mente bien instaurado (“esto es así porque así me lo han dicho o así lo he aprendido”), esa persona interioriza esa idea y se obliga a cumplirla.

 

Por ejemplo, Alicia cuando tenía 10 años le encantaba comer chucherías y bolsas de patatas fritas. Un día en un evento familiar, Alicia no dejaba de picar patatas y otros snacks de la mesa hasta el punto de que sus tías le reprendieron y le comentaron que si seguía comiendo así se iba a poner gordita y las niñas gorditas jamás encuentran un novio que las quiera. Hoy en día, Alicia se obsesiona contando calorías, pesa absolutamente todo lo que come, no se permite saltarse la dieta y, si se nota que está algo más hinchada de lo habitual, es capaz de mantenerse en ayunas por miedo a que nadie la quiera. Alicia interiorizó que “debería estar delgada para gustar a la gente”.

Por esto mismo, lo primero que tendríamos que hacer es preguntarnos de dónde viene ese “debería” o “tendría que” y así reflexionar sobre él de forma objetiva. En muchas ocasiones nos daremos cuenta de que son ideas absurdas que alguna vez escuchamos y ni siquiera nos hemos parado a pensar ni razonar.

Por otro lado, haciendo caso a la morfología de esas ideas irracionales y su poder sobre nosotros, reparamos en lo siguiente:

  • El verbo “deber” según la Real Academia Española, es “estar obligado a algo por ley divina, natural o positiva, tener una obligación de corresponder a alguien en lo moral o cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos”.
  • Por otro lado, “tener”, según la misma: “denota la necesidad o determinación de hacer aquello que expresa una cláusula posterior introducida por ‘que’”.

Nosotros (seres humanos) dotamos a estos verbos un poder significativo, por lo que acabamos de ver. Creamos rígidas obligaciones a cumplir.

Para explicarte mejor este proceso de instauración de esa idea irracional, he creado este gráfico que tienes a continuación:

CUANDO EL “DEBO” Y EL “TENGO QUE” DOMINAN MI VIDA: LAS IDEAS IRRACIONALES

Como podemos ver, todo empieza con un “debo” o “tengo que”. Como hemos visto antes, ambas palabras reflejan la “NECESIDAD” de cumplir algo. Cuando creemos que tenemos la “NECESIDAD” de hacer, decir, pensar,… algo, sin querer nos estamos diciendo que será imposible seguir viviendo sin llevarlo a cabo pues lo “NECESITAMOS” para alcanzar nuestra meta (que normalmente es “simplemente” ser felices).

¿Qué ocurre? Que como esa idea es de tan importancia, nos presionamos en exceso para conseguir resolverla/hacerla/alcanzarla/…

Esas ideas irracionales/obligaciones no van a ser sencillas y fáciles de alcanzar o si no, no nos importaría tanto conseguirlo. Al no ser sencillas, lo más probable es que no sea posible conseguir cumplirlo (y no nos veamos capaces) y nos frustremos.

Al frustrarnos, miraremos alrededor y nos compararemos con los demás, por lo que si otros sí pueden y nosotros no, tenderemos a pensar que el problema lo tenemos nosotros, la tara, el defecto. ¿Y qué pasa con algo que no es perfecto? ¿Qué nos han enseñado desde pequeños? Lo defectuoso tiene menos valor.

Por lo que, si carecemos de valor,  no merecemos ser queridos y nos sentimos tristes. ¿Qué hacemos para eliminar esa tristeza? Seguir intentándolo y nos volvemos a presionar y vuelta a empezar.

¿Para qué me sirve ese “debo” o ese “tengo”?

Después de leer todo lo anterior, te preguntarás la finalidad de esas ideas u obligaciones en nuestra vida.

Normalmente, la finalidad de crear e instaurar esas ideas se reduce a tres posibles motivos: convencionalismo o normas sociales, miedo o culpa.

Te explico las tres con detenimiento:

  • Normas sociales:

Para convivir en sociedad hemos creando unas normas sociales para hacer más armoniosa la vida en común. El seguir estos dictámenes vienen de muy atrás, remontándonos al instinto de supervivencia y la necesidad de vivir en grupo para reducir el peligro de muerte: el ser humano en solitario tiene menos posibilidades de salir adelante que si lo hace en grupo. Por este motivo, buscamos el cumplir las reglas sociales para ser aceptados en la comunidad y así sentirnos seguros. Normalmente, estos “debería” o “tendría que” no suelen ser los que más perjudiciales, sino que simplemente son aquellos que nos limitan de llevar a cabo ciertas conductas que beneficien la convivencia en grupo.

Por ejemplo: “Debería saludar cada vez que entro en un lugar”, “tengo que dar las gracias cuando me hacen un favor”

  • Miedo:

El miedo suele ser una de las emociones que mueven de forma imperiosa al ser humano, por no decir la que más. Este viene ligado con el punto anterior de las normas sociales: si tememos que al no realizar el “debería” o “tendría que” podemos vernos afectados negativamente, llegando al punto de alcanzar aquello que nos da miedo, siempre preferiremos llevarlo a cabo aun privándonos de algunas cosas y así aliviar ese temor. En el caso de Alicia, ella tiene miedo a acabar sola por lo que prefiere no comer ciertos alimentos a dar posibilidad de que su temor se haga real.

Por ejemplo: “tendría que ser el/la mejor trabajador/a y exigirme al máximo para que no me echen”.

Por último, la culpa también es un aspecto puramente social que promueve los “debería” y los “tendría que”. De nuevo, está influido claramente por la convivencia humana en comunidad debido al remordimiento que se crea a través de ella. Si nos paramos a mirar la naturaleza, ningún animal tiene sentimientos de culpa, solamente los humanos hemos desarrollado esta emoción, incluso llegando a inculcársela a algunos de nuestros animales de compañía. En otras palabras, la culpa tiene origen social, no natural. Además, esta suele ser una moneda de cambio o chantaje para conseguir cosas o hacer sentir mal a los demás para beneficio propio: si realizamos el “debería” o “tendría que” no nos sentiremos culpables.

Por ejemplo: “debería ir todos los días a ayudar a mi madre, aunque descuide mis tareas, porque si no se enfadará y me lo recriminará”

Si nos paramos a pensar en por qué hacemos lo que hacemos tendremos más consciencia de las ideas irracionales y podremos discutirlas hasta eliminarlas. “¿Qué pasaría si no hago o digo esto?”. 

Los principios, los valores y las creencias.

Hay veces que, para llevar a cabo un “debería” o “tendría que”, sentimos que traicionamos nuestras creencias, valores o principios. En este punto es  importante que nos paremos y pensamos, porque una persona es lo que cree, su ética y su moral, y traicionar uno de estos puede significar traicionarse a uno mismo. Por esto, hay que sopesar si realmente nos compensa dejar de ser nosotros mismos para agradar a otros.

Por ejemplo, a Luis no le gusta salir de fiesta con sus amigos los fines de semana porque siempre acaban metiéndose en jaleos y peleas y él no se considera una persona violenta, es más, considera que es un comportamiento vergonzoso. Pero sabe que si no sale con sus amigos le dejarán de lado y se verá solo. Luis deberá reflexionar si prefiere ser “otra persona” y salir con sus amigos pese a las consecuencias o si hacer otras actividades que sí considere apropiadas y acordes a lo que piensa y conocer a otra gente más afín a él.

 

 

¿Llevar a cabo ideas irracionales nos traerá felicidad?

Pocas veces encontraremos que intentar cumplir esos “debería” o “tendría que” vayan a ayudarnos a ser más felices, pues no dejan de ser obligaciones y cosas que realmente no nos gusta hacer (si no, no serían obligaciones). Ya vimos en el gráfico que la presión y la frustración no van a permitirnos serlo.

Es decir, todo ello serán cosas que hacemos no porque queramos, sino porque nos vemos obligados a cumplir por esas “necesidad” de alcanzar el objetivo. Algo que nos vemos forzados a hacer, no algo voluntario que QUERAMOS hacer.

Si todo este artículo no termina de convencerte, grábate esto en la mente: lo único que debe hacer el ser humano para seguir viviendo aquí y ahora es respirar. Incluso, una persona puede seguir viviendo sin comer, beber o dormir durante días, pero aguantar sin respirar más de un minuto es complicadísimo (a no ser que seas un/a crack en apnea). Cuando te sientas presionado por el “yo debería” o “yo tendría que”, piensa en esta frase, puede que no te haga eliminarlo por completo, pero te ayudará a respirar, nunca mejor dicho.

 

Tras esta lectura, seguramente tú también hayas detectado que posees ideas irracionales de “debería” o “tendría que”. Ahora está en tu mano mantenerlas a raya y hacerlas desaparecer para siempre.

Como reflexión final, te pregunto: ¿crees que sería posible erradicar todos esos “debería” o “tendría que” de nuestra sociedad o es algo que va junto a ella? ¿Realmente los necesitamos? Dinos lo que opinas en los comentarios.

Lorena Honrubia

Lorena Honrubia

“Desde que tengo uso de razón, me he dedicado a la ayuda de las personas que lo necesitaban, dentro de mis capacidades, tanto a personas de mi entorno como a desconocidas. Esto fue lo que me impulsó a dedicarme a la psicología. Para mí ha sido una gran satisfacción poder convertir esa vocación en mi profesión. "

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