¿Qué es la autoestima?

“Tengo baja autoestima”, “no sé qué hacer para mejorar mi autoestima”, “quiero trabajar mi autoestima”, “no tengo autoestima”,… Que levante la mano el psicólogo que no haya recibido una consulta con alguno de estos motivos. ¿Ninguno? Normal y lógico. La baja autoestima es un motivo muy muy común en las consultas de cualquier psicólogo.

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Es, me atrevería a decir, uno de los pilares más importantes en el origen de prácticamente todos los trastornos que existen (quitando, por supuesto aquellos de origen orgánico, cromosomático o genético).

Muchos hablan de la autoestima. ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial en comparación con otras problemáticas? Exacto: porque todos tenemos una, que es determinante para nuestro estado de ánimo y  éste lo es para nuestro día a día.

¿Qué es la Autoestima? ¿Qué la diferencia del autoconcepto?

Primeramente, ya que vamos a tratar muuuucho mucho la palabra autoestima, lo más indicado es que la definamos como se merece.

¿Qué es la autoestima? La autoestima es la evaluación o juicio que hacemos sobre nosotros, sobre nuestra valía. En otras palabras más simples, es nuestro amor propio. Un conjunto de valoraciones, pensamientos y sentimientos en lo que respecta a nuestro yo interior y exterior. Es un cúmulo de experiencias de nuestras relaciones con el mundo y con nuestros propios objetivos.

Muchas veces confundimos la autoestima con el autoconcepto. Antes que nada decir que, no son lo mismo, pero sí tienen relación, del mismo modo que lo tienen ambos con la autodefinición.

El autoconcepto es la imagen que tenemos de nuestros rasgos y capacidades, es una creación cognoscitiva, consciente, de lo que podemos llegar a hacer.

Por otro lado, tenemos la autodefinición que es el conjunto de características que se usan para describirse a uno mismo.

Un ejemplo más claro sería el siguiente:

Carlos respondería de este modo a cada concepto:

Autoconcepto: “Puedo hacer cálculos mentales rápidamente”

Autodefinición: “Soy un matemático de 30 años, alto y con el cabello moreno”

Autoestima: “Me gusta cómo soy físicamente y adoro saber matemáticas”

 

Como podrás observar, la autoestima es el término con mayor carga emocional y afectiva de los tres.

Es el filósofo estadounidense William James en su obra “Pinciples of Psychology” (1890), el primero en intentar definir qué es la autoestima. Según este filósofo, la autoestima es el resultado de la proporción entre éxitos conseguidos y las pretensiones. Desde entonces, muchos han sido los que se han interesado en describir y estudiar este término.

La palabra “autoestima” comienza a tomar fuerza allá por los años 80, cuando se genera un aluvión de libros sobre la temática. El éxito de esta temática de debe a que los estudios y la experiencia en el campo de la psicología y fuera de ella demuestran que influenciaba mucho y condicionaba la vida diaria. Y así era, pues se ha demostrado que la baja autoestima tiene una alta correlación con problemáticas de diversa índole: depresión, ansiedad, fobia social, malos tratos, problemas laborales, problemas sexuales, trastornos alimenticios,… Llegando incluso al suicidio.

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La autoestima según Branden

El psicoterapeuta Nathaniel Branden define a la autoestima como un conjunto del sentimiento de capacidad y el sentimiento de valía.

El sentimiento de capacidad sería el potencial que tenemos todos para superar las dificultades y cambios que puedan surgir a lo largo de nuestra vida. En otras palabras, nuestra capacidad para salir adelante.

También englobaría el conseguir las metas, los objetivos y los deseos que yo mismo me proponga. Branden recomienda que estos siempre deberían de ser realistas y dentro de las capacidades individuales de cada sujeto.

Dentro de este sentimiento, nos encontraríamos con varios factores que lo afectan.

Primeramente, las comparaciones. Desde bien niños nos comparan entre hermanos, entre compañeros, entre nosotros y otro sujeto cuando este tenía nuestra edad,… ¿Qué ocurre cuando nos comparan? Que nosotros también empezamos a hacerlo.

Nos han enseñado que debemos compararnos con alguien superior a nosotros para poder así progresar, pero ¿y si nuestro “objetivo” es demasiado inalcanzable? Nos frustramos y nuestra autoestima decae. Ya sea a nivel intelectual, psicológico o a nivel físico, siempre estamos comparándonos. Los humanos somos seres individuales, cada uno único y diferente al otro, pero nos seguimos empeñando en parecernos. Los medios, la sociedad, las modas,… no paran de decirnos cómo debemos ser, cómo debemos pensar, cómo debemos sentir, incluso ¡cuáles deben ser nuestras medidas!

Cuando observamos que no nos acercamos a lo “normal” impuesto, empezamos a rechazarnos a nosotros mismos, sintiéndonos bichos raros o seres que no tienen la capacidad de ser normales.

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Las primeras comparaciones se establecen en la escuela o el colegio. Las competiciones por las notas cada vez surgen de forma más temprana. Nos enseñan desde bien pequeñitos que lo importante es tener calificaciones altas, estudiar una carrera que nos lleve a un buen trabajo,… pero nadie se preocupa por los talentos o por los gustos de esos niños. Puede que Alicia no quiera ser abogada y prefiera ser novelista, o Pablo prefiera ser arqueólogo antes que médico.

De este modo comienzan las exigencias, derivando en autoexigencias. Pronto no nos valdrá con lo que tenemos y nos empezaremos a menospreciar por no ser como nos están demandando que seamos, pues es más fácil ver lo negativo que lo positivo.

Algo que siempre me ha llamado mucho la atención es que ponemos una excusa muy curiosa para fustigarnos cuando algo no sabemos hacerlo y es: “Todo el mundo sabe o le sale mejor hacer esto”. Nuestro lenguaje a la vez que rico suele ser algo limitante, pues estamos englobando dentro de “todo el mundo” a todas y cada una de las personas de este planeta (o deberíamos hacerlo, pues así lo estamos dando a entender). Es absurdo pensar que todas las personas del planeta saben algo que otra persona no sabe hacer. Estas comparaciones son irracionales y extremadamente limitantes para nosotros. Habrán personas que sí sepan hacer aquello que anhelamos realizar, pero otras tantas (incluso más que las que sí saben) que no podrán al igual que nosotros.

Muchas veces nos conformamos con excusarnos con no poder o ser capaces de hacer algo por miedo a comprobarlo realmente. Solemos tener miedo a lo desconocido o no actuamos por vagancia o conformismo. El miedo siempre va a estar a ahí. Es algo natural y no por ser “valiente” implica no temer a nada. Tenemos miedo precisamente porque la naturaleza nos ha equipado con un detector de peligro para garantizar nuestra supervivencia. Si no tuviéramos miedo a nada, correríamos demasiados riesgos que pondrían en peligro nuestra vida.

Una persona con baja autoestima seguramente te afirmará que es irracional tener ese miedo, pues sabe que no es real, pero aún así insiste en bloquearse de modo que se confirma su incapacidad de una forma pasiva.

En cambio, una persona con una buena autoestima, sabe lo que quiere, no duda en conseguirlo y actúa, no se rinde. Estas personas tienen todas las papeletas para alcanzar y cosechar éxito tras otro. (Existe un vídeo que me encanta recomendar siempre que puedo. El youtuber LuzuVlogs nos regala un mensaje maravilloso gracias a este vídeo. Tienes que verlo, no tiene desperdicio.)

Por otro lado, En cuanto al sentimiento de valía, es creer que uno se merece lo que desea, se respeta y se cree digno de recibir amor y ser amado.

Se ha creado una especie de pensamiento erróneo por el cual las personas con baja autoestima consideran que ser felices es el premio por llevar a cabo determinadas acciones o por ser de tal forma. No se entiende que ser feliz y vivir en bienestar es un derecho propio de cualquier ser humano y que ellos mismos son los que se están negando esa capacidad.

Cuando una persona se tiene respeto hacia sí misma, tendrá respeto hacia los demás y estos lo tendrán con esa persona de forma recíproca. En cambio, cuando esa persona carece de respeto hacia sí misma, difícilmente otros la respetarán.

Normalmente la falta de respeto hacia uno mismo viene a darse en una forma de menosprecio hacia la autoimagen. Las personas tenemos dos opciones: o nos aceptamos como somos (considerar que hay aspectos que no dependen de nosotros y no lo podemos cambiar, pero nos cuidamos y mejoramos lo que sí esté en nuestra mano); o nos negamos, nos rechazamos e, incluso, nos odiamos.

 

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Las personas que optan por no quererse, seguramente dejarán de cuidarse, por lo que su aspecto físico empeorará y su autoimagen con ella. Esto lleva a una baja autoestima.

No nos paramos a pensar que nuestro cuerpo es una gran ventaja que se nos ha sido otorgada como vehículo, como carcasa. En vez de cuidar aquello que nos ayuda a interaccionar con el exterior, nos empeñamos en maltratarlo y descuidarlo. Esto ocurre en el mundo de los Trastornos de la Conducta Alimentaria: no llegan a ser el ideal físico que les gustaría (que se les impone), se maltratan no comiendo o atiborrándose y purgándose después, más tarde se sienten peor de lo que estaban y vuelta a empezar el círculo vicioso.

A parte de por el físico, también podemos encontrar una infravaloración de uno mismo por la orientación sexual o en casos de transexualidad. Nos encontramos ante una sociedad que está cambiando, pero que sigue manteniendo viejas costumbres que no ayudan en el avance de algunos colectivos. Todavía existe gente que considera el ser homosexual, bisexual o transexual como una elección o una forma de “llevar la contraria a todos o ser un/a vicioso/a o depravado/a”.

El problema no es sólo que haya gente que lo piense, sino que transmiten que existe una anormalidad a las personas que lo son. Han llegado casos a consulta de pacientes que se menosprecian por ser lo que son, cuando no han elegido serlo. Muchas personas consideran que tendrían menos problemas de ser heterosexuales, pues la sociedad así se lo plantea y eso es triste, porque se están negando una parte de su ser. Echarse las culpas por ser gay o lesbiana es igual que odiarte por ser bajito/a: es algo con lo que se nace, no algo que se elige y se pueda cambiar.

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El virus

¿Qué ocurre cuando te resfrías y no te cuidas el catarro? Que te hace sentir mal, que se mantiene en el tiempo y que, incluso, puede hacerte empeorar. Siempre he considerado a la baja autoestima como una especie de enfermedad mal curada.

Llamo “virus” a esa especie de vocecita que tenemos por dentro que siempre intenta desarticular tus buenos pensamientos y los comentarios positivos que viene desde el exterior. Ese ser que nos hace menospreciarnos no nos ha acompañado siempre, ha sido un monstruito que se ha ido instalando en nosotros con cada pensamiento irracional negativo o con cada mal comentario hacia nosotros que dimos como válido, como una enfermedad, como un germen.

Si nos paráramos más a pensar en la baja autoestima como una enfermedad que tiene cura, antes podríamos conseguir eliminarla. En psicología, no usamos la medicación como remedio para los trastornos psicológicos (en psiquiatría sí), pero existen fórmulas, técnicas y herramientas para combatir este tipo de enfermedades que se instalan en nosotros.

Al igual que un resfriado puede matar, si se agravan los síntomas, la baja autoestima también puede hacerlo. Una persona que no se aprecia, más bien que se repugna, puede llevar a cabo situaciones de riesgo para su vida: consumo de drogas, dejar de comer, purgarse, meterse en delincuencia, autolesionarse o intentar suicidarse. He ahí la relevancia de combatirla.

Estamos ante un problema que cada vez más afecta a nuestra sociedad, que más sufrimiento y muertes causa con el paso de los años, pero pocas veces ponemos remedio a ellas, porque todavía es tabú ir a un psicólogo, porque no nos enseñan a que debemos querernos, porque confundimos el deseo de un amor propio con egocentrismo, porque es mucho más cómodo seguir estando tristes.

¿Realmente crees que vale la pena seguir manteniendo esta mentalidad? ¿Estamos ante la evidencia de una epidemia cada vez más sobresaliente?