¿De dónde viene la baja autoestima?

La autoestima. ¿Se nace o se hace? Vaya, complicada cuestión que seguramente ni siquiera te habrás planteado.

Después de hablar sobre qué es la autoestima y cómo aprender a mejorarla, nos debemos adentrar en cómo y por qué tenemos una alta o una baja autoestima.

¿Te has parado a pensar alguna vez por qué no te quieres? ¿O por qué sí? Damos por hecho que tenemos esa “calidad” de autoestima porque nacimos así o, directamente, preferimos no profundizar en esas cuestiones y vivir (o malvivir) con lo que nos ha “tocado”.

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Estudios demuestran que existe una carga biológica, es decir, que nacemos predestinados o con cierta vulnerabilidad a poseer un tipo de autoestima u otro (ser sensible a sufrir ansiedad, por ejemplo, influye gravemente en la autoestima). Pero, ¿y si te dijera que la autoestima tiene parte biológica y también ambiental? Tiene sentido, ¿no crees?

Aunque la biología pone de su parte en nuestra autoestima, la que posee mayor relevancia en esta es la parte ambiental. Nuestro entorno, nuestra educación, el afecto que hemos recibido de los demás, las experiencias vividas a lo largo de nuestra vida,… todo ello es lo que de verdad influye en nuestro amor propio.

A continuación, veremos cómo esa parte ambiental repercute positiva o negativamente en nuestra autoestima, construyendo una alta o baja autoestima.

La autoestima en los primeros años de vida

Un lienzo en blanco. Así es como nacemos. Somos puras hojas de papel sin nada escrito, sin palabras, sin experiencias. La biología hace que seamos de papel de seda, de papel de acuarela o simples hojas de papel de folio, pero todos nacemos en blanco en un mundo en el cual se nos abalanzarán los colores en cuanto empecemos a respirar fuera del vientre materno (o incluso antes).

Ya durante los 3 primeros años, aunque nuestras únicas formas de comunicación e interacción con el medio sean mirar y llorar, somos pequeñas esponjas que absorben todo lo que nos rodea.

Parece curioso que a tan temprana edad ya estemos formando nuestra forma de querernos, pero es así. Desde el nacimiento hasta los 3 años, el bebé atraviesa la etapa, según Erik Erikson, de la confianza versus desconfianza. La confianza es clave a la hora de forjar una autoestima saludable, pues al sentirnos seguros, más interaccionaremos con lo externo y menos vulnerables nos sentiremos en cuanto al ambiente. Saber que su madre volverá, pese a que desaparece de su campo visual, hace que el bebé sea más receptivo a explorar el ambiente, siendo siempre consciente que no estará solo en su travesía.

Otro concepto importante en estos primeros años es el apego. John Bowlby aseguraba que el vínculo emocional y recíproco entre un niño y su madre era de suma importancia a la hora de desarrollar una calidad de vida. Cuando está asegurada la satisfacción de sus necesidades psicosociales y físicas, el bebé crecerá más óptimamente y su relación consigo mismo y con los demás será más sana. Si el apego se ve afectado, en un futuro puede llegar a desarrollar una dependencia emocional que condicione su vida y su baja autoestima, pues temerá ser abandonado.

(Para que entiendas mejor lo que quiero decir con “apego”, aquí tienes un ejemplo de apego seguro, niño que lo más probable es que desarrolle una alta autoestima; y de apego evitativo o ambivalente, niño que seguramente tendrá problemas de baja autoestima cuando crezca).

Por último, con solamente 3 añitos, el bebé comienza su desarrollo moral y a interiorizar normas sociales. A pesar de que en ese momento no tienen tanta repercusión, más adelante este aprendizaje será clave a la hora de experimentar y concebir la culpa y/o la vergüenza.

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Construyendo las bases de nuestra autoestima: la infancia

Probablemente tengas algunos recuerdos de tu infancia. Quizá no te acuerdes de todo lo vivido, pero, aunque no seas consciente de todo aquello que experimentaste, todas aquellas situaciones han influido en tu desarrollo como persona y, por supuesto, en tu autoestima.

La autoestima declarada, es decir, momento en el cual el niño o la niña puede hablar sobre ella y es consciente de ella, no se da hasta los 8 años. ¿Quiere decir esto que no tenemos autoestima hasta esa edad? La respuesta es no. Aunque el niño no sea capaz de hablar de ella, sí la posee.

En la infancia temprana, los pequeños aceptan todos los juicios que hacen los adultos sobre ellos, sin plantearse su veracidad. Es un momento muy delicado para hacer ciertos comentarios pues cualquier cosa que se le diga será tomada como una realidad absoluta, interiorizándolo todo. Además, no existen matices o términos medios para los pequeños, todo es dicotómico: “Soy bueno o soy malo”, “Soy listo o soy tonto”, “Me porto bien o me porto mal”,…

Aunque un comentario inocente no suponga más que eso, un simple comentario, para un adulto, para un niño puede convertirse en un pensamiento irracional que se arraigará a él y que determinará su autoestima futura.

Por ejemplo, Elisa con 5 añitos no paraba de hacer muecas jugando, tocándose la nariz constantemente, durante un acontecimiento familiar. Su madre, cansada de que la niña pusiera esas caras y la interrumpiera constantemente durante la conversación que estaba manteniendo, le regañó enfadada y le dijo que dejara de poner esas caras que estaba muy fea y parecía un cerdo. Elisa creció toda su vida acomplejada por su nariz y está pensando en operársela porque considera que es fea y parece un cerdo. Todo ello, como resultado de su baja autoestima.

Hay que ser extremadamente cuidadosos con lo que se les dice a los niños en edades en las que no puede reflexionar y tomar diferentes puntos de vista, y más si quien lo dice es una figura que ellos consideran de referencia o autoridad.

¿Qué crees que podría haber hecho la madre de Elisa? Tranquilamente tendría que haberle explicado que esas cosas eran gestos de muy mal gusto y que a los demás familiares les podía molestar. Que aquello era como cuando su perrito Pepe se sentaba delante de la tele y no le dejaba ver los dibujos, eso a ella le molestaba mucho. En ese momento tenía que portarse bien y más tarde en casa jugarían a lo que ella quisiera.

Si tienes hijos, probablemente me dirás que eso es imposible de llevar a cabo, que los niños pueden llegar a sacarte de tus casillas. Pero es un esfuerzo que debemos hacer para preservar la imagen que tienen los niños de sí mismos.

Recuerda que a esta edad, los niños imitan a sus padres y adoptan costumbres y creencias de ellos, que pueden interiorizar y adoptar como propias. ¿Recuerdas este anuncio?

También es el momento en el cuál los pequeños comienzan a tomar la iniciativa (etapa iniciativa versus culpa de Erikson), empiezan a vislumbrarse los remordimientos de conciencia, necesitan la aprobación social y entienden sus emociones, cosa que les ayuda a controlarlas y regularlas. Asimismo, es durante estos años cuando los adultos inician a promover las comparaciones entre niños y lo verbalizan ante ellos.

Hay que ser precavidos a la hora de hacer comparaciones, pues es muy fácil que los pequeños se desmoralicen pronto y adquieran una indefensión aprendida: ponerse trabas o no intentar llevar a cabo un objetivo porque se tiene la creencia (infundada) de que no lo va a poder alcanzar. Esto haría que toda esa iniciativa que va adquiriendo se vea obstaculizada por el miedo a no llegar a ser lo que se espera de él.

Aunque será más tarde, a partir de los 7-8 años, cuando las habilidades de los niños empiezan a ser valoradas socialmente. Otro punto crítico para un posible sentimiento de inferioridad.

La susceptibilidad a esta edad es claramente tangible y, curiosamente, también coincide con la etapa en la que más niños sufren el divorcio de sus padres. Paradójicamente esto es cierto: los niños que sufren más divorcios en sus casas son aquellos que se encuentran en edades más vulnerables.

Un divorcio mal llevado a esta edad (3-6 años) puede suponer sentimientos de abandono permanentes que se verán arrastrados durante su vida, cosa que vemos reflejada en los pacientes que recibimos en nuestras consultas diariamente años después en su baja autoestima. Esto se debe a que todavía no tiene la suficiente capacidad de razonamiento y se atribuyen la culpa de que sus padres no se quieran (normalmente, porque las discusiones de pareja se suelen enfocarse en temas relacionados con el niño).

Como ya he comentado, la existencia de diferentes perspectivas no existen para estos niños, puesto que sus creencias son muy limitantes, y harán la siguiente reflexión: “mis papas no se quieren por mi culpa. Papá se ha ido de casa porque no quiere vivir conmigo y ya  no me quiere”.

Pese a toda esta sensibilidad, también es un momento en el que el niño desarrolla la empatía y la conducta prosocial. Si posee una alta autoestima, dentro de él se promoverá el deseo de ayudar a los demás, cosa que reforzará esa alta autoestima todavía más. Si no ocurre así, el resultado será una baja autoestima. Aquí tienes un entrañable, curioso e, incluso algo cómico ejemplo de conducta prosocial entre niños.

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La adolescencia: fuente de la baja autoestima

La adolescencia. Menuda época la adolescencia… Son unos cuantos años de muchos, muchísimos cambios, de mucha desorientación, de entorno mutando, de personas a nuestro alrededor que también está sufriendo transformaciones, de inseguridad,… ¿Y quién no estaría desorientado y/o inseguro ante tanta inestabilidad?

Se caracteriza al adolescente por ser un individuo que está en la “edad del pavo”, que se muestra distante de los familiares, que desobedece y se rebela, que no se conforma o se conforma demasiado con las cosas, que no sabe lo que quiere, que son extremistas y que sólo piensan en sus amigos.

Hasta ahora, todo lo que ha vivido ese/a adolescente lo ha dado todo como verdad sin pararse a preguntar si realmente para él o ella era así, pero ahora las cosas han cambiado. Comienza a ver que existen diferentes puntos de vista, que se pueden dar varias verdades (pues todo es muy subjetivo) y se da cuenta de que hay cosas que hasta ahora estaban en su vida, que a día de hoy no comparte ni se identifica con ellas. Normal que se muestre de esa forma.

Pese a la nueva concepción de diferentes perspectivas, el adolescente cree que ningún adulto puede entender por lo que está pasando. En cierta forma, este pensamiento tan egocéntrico se debe a esa focalización en sí mismo buscando su verdadero ser, su personalidad e identidad. Por ello, por esa creencia de incomprensión por parte de los adultos, los jóvenes se apoyan entre ellos, pasando de tener como referente a figuras de autoridad (padres, profesores, familiares,…) a compararse con sus pares.

El adolescente se encuentra con 3 problemas principalmente en sus años más cambiantes: cuál es su ocupación en el mundo, cuáles son sus valores y creencias y cuál es su identidad sexual.

Encontrar su lugar en el mundo, que está cambiando ante sus ojos, puede suponer una pequeña crisis. Ya no es un niño sin responsabilidades y ser un adulto todavía le queda demasiado grande. ¿Qué va a ser de él? ¿A qué quiere dedicar su vida? ¿Cómo enfocar ese futuro que antes veía tan lejano, pero que cada día está más cerca?

Por otro lado, hasta ahora se había creído y había adoptado las creencias y valores de sus figuras de autoridad (seguramente de sus padres) y empieza a darse cuenta y a plantearse que a lo mejor no los comparte.

Y por último, comienza a despertar dentro de él o ella el deseo sexual, la atracción física hacia otras personas, su físico evoluciona y madura y sus hormonas se liberan como torrentes incontrolados en su interior. Para rematar esta revolución e inseguridad, ¿y si las cosas no son como le habían enseñado? ¿Y si no le gustan las personas del sexo opuesto? ¿Y si le atraen ambos sexos? Todavía más descontrol, más inestabilidad. Esto puede ocasionar una baja autoestima.

Queramos o no, nuestra sociedad todavía se muestra algo reticente a aceptar la existencia de una orientación sexual más allá de la heterosexual. Muchos jóvenes verán con miedo, desaprobación o incluso repulsión el poseer una orientación diferente a lo que le han dicho que debe ser lo “normal”. También pueden temer ser rechazados o marginados por su familia, sus amigos y resto de entorno.

La autoestima del adolescente está poniéndose a prueba una y otra vez, y tener un cuerpo que está cambiando, con granos, vello, pechos, ensanchamientos, crecimientos y aparición de cosas que antes no estaban, tampoco les ayuda a verse mejor ante el espejo y sentirse seguros en los ambientes sociales.

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El cuerpo del adolescente está transformándose, ya no sólo anatómicamente, sino que también a nivel cerebral. La corteza prefrontal todavía está en proceso de maduración y por ello se atribuye el correr tantos riesgos en la adolescencia y el guiarse por impulsos. El lóbulo frontal está destinado a controlar los impulsos, a planificar y tomar decisiones, a mantener una atención sostenida a poder llevar a cabo multitareas simultáneas, a empatizar o al sentido de la responsabilidad. (Si interesa la influencia del desarrollo cerebral en el comportamiento adolescente, te recomiendo la lectura de este texto y, si lo quieres más resumido, aquí).

Retomando la confianza, que era tan relevante a principios de nuestra vida, en la etapa adolescente se extiende a los amigos íntimos, compartiendo sentimientos y pensamientos. Esta confianza empieza a tomar un nuevo rumbo, en forma de fidelidad o lealtad. Por todo ello, es tan importante para el adolescente el sentimiento de permanencia a un grupo con el que se ve identificado, respaldado y apoyado.

Consecuencias de la baja autoestima en un adolescente

Principalmente observaremos, por esa falta de maduración cerebral y la necesidad de pertenecer a un grupo, muchas ocasiones en las que se verá poniéndose en riesgo. Cada vez más nos encontramos con casos de embarazos adolescentes por falta de toma de precauciones y de educación sexual.

Es en estos años cuando la conducta antisocial y criminal florece, dándose casos de violencia y delincuencia, ya sean mediante hurtos, robos con fuerza, agresiones a pares, agresiones a familiares, destrozos y daños a la propiedad,…

También empezarán los primeros contactos con las drogas y el alcohol. Normalmente el tabaco y el alcohol suelen ser las primeras sustancias que se inmiscuyen en las vidas de los grupos de adolescentes. Quizá más tarde aparezcan otras, tipo: marihuana, cocaína, etc.

El no poseer el cuerpo deseado puede llevar al adolescente a padecer conductas alimentarias que dañen gravemente su salud derivando en un Trastorno de la Conducta Alimentaria.

Po último, la baja autoestima en un adolescente puede incluso llevar al joven a autolesionarse o intentar suicidarse.

A pesar de que los adolescentes se encuentran en una etapa bizarra y creemos que todos están raros y que no quieren saber o mirar más allá de ellos, existen una serie de conductas que pueden ayudarnos a identificar una baja autoestima:

  • Normalmente está cabizbajo.
  • No mira a los ojos (no se siente valioso).
  • Se profiere a sí mismo frases negativas.
  • Habla mal de los demás.
  • Tiene reacciones exageradas, desmedidas o dramatizadas.
  • Presume de proezas y hace ver que es muy bueno en algo (intenta convencerse de ello).
  • Habla o reacciona de forma agresiva (Esto lo podemos apreciar en muchos capítulos del programa de Cuatro “Hermano Mayor”).
  • Evita reuniones sociales.
  • Se muestra callado o al margen en situaciones sociales.
  • Es poco asertivo.
  • Hace aquello que dicen los otros del grupo, aunque no esté de acuerdo con ello y vaya en contra de sus creencias y valores.

¿Y tú qué opinas? ¿Consideras que realmente se puede tener una alta autoestima durante la infancia y la adolescencia o crees que todos tenemos que pasar por una época de “autodesprecio” y de ahí esa baja autoestima?